Síguese el tercero libro de la gramática, que es de la dición,
a la cual, como diximos en el comienço desta obra, responde la etimología.
Dición se llama assí porque se dize, como si más clara mente la quisiéssemos
llamar palabra, pues ya la palabra no es otra cosa sino parte de la oración. Los
griegos común mente distinguen ocho partes de la oración: nombre, pronombre,
artículo, verbo, participio, preposición, adverbio, conjunción. Los latinos no
tienen artículo, mas distinguen la interjeción del adverbio, y assí hazen otras
ocho partes de la oración: nombre, pronombre, verbo, participio, preposición,
adverbio, conjunción, interjeción.
Nosotros con los griegos no distinguiremos la interjección del
adverbio, y añadiremos con el artículo el gerundio, el cual no tienen los
griegos, y el nombre participial infinito, el cual no tienen los griegos ni
latinos. Así que serán por todas diez partes de la oración en el castellano:
nombre, pronombre, artículo, verbo, participio, gerundio, nombre participial
infinito, preposición, adverbio, conjunción. De estas diez partes de la oración
diremos ahora por orden en particular, y primeramente del nombre.
Capítulo segundo, del nombre
Nombre es una de las diez partes de la oración que se declina
por casos, sin tiempos, y significa cuerpo o cosa; digo cuerpo como 'hombre',
'piedra', 'árbol'; digo cosa como 'dios', 'ánima', 'gramática'. LLámase nombre
porque por él se nombran las cosas, y así como de 'onoma' en griego los latinos
hicieron 'nomen', así de 'nomen' nosotros hicimos 'nombre'. Los accidentes del
nombre son seis: calidad, especie, figura, género, número, declinación por
casos. Calidad en el nombre es aquello por lo cual el nombre común se distingue
del propio; propio nombre es aquel que conviene a uno solo, como 'César',
'Pompeyo'; común nombre es aquel que conviene a muchos particulares, que los
latinos llaman apelativo, como 'hombre' es común a 'César' y 'Pompeyo'; 'ciudad'
a 'Sevilla' y 'Córdoba'; 'rio' a 'Duero' y 'Guadiana'. Mas, porque muchos se
pueden nombrar por un nombre propio, para los más distinguir y determinar entre
sí, los latinos antepusieron otro nombre, que llamaron prenombre, porque se pone
delante del nombre propio, el cual ponían en señal de honra e hidalguía en
aquellos que por él se nombraban, y escribíanlo siempre por breviatura, como por
una 'A' entre dos puntos 'Aulo'; por una '.C.', 'Cayo', y acostumbraron nunca
anteponerlo al nombre propio de los siervos, antes quitarlos en señal de infamia
a los que cometían algún crimen contra la majestad de su república. Nuestra
lengua no tiene tales prenombres, mas en lugar de ellos pone esta partecilla
'don', cortada de este nombre latino 'dominus', como los italianos 'ser' y
'miser', por mi señor; los franceses 'mosier'; los aragoneses 'mosén'; los moros
'abi', 'cid', 'mulei'. Así que será 'don' en nuestro lenguaje en lugar de
prenombre, y aun débese escribir por breviatura, como los prenombres latinos, o
como lo escriben ahora los cortesanos en Roma, que por lo que nosotros decimos
'don Juan', ellos escriben "do Joannes"; connombre es aquel que se pone después
del nombre propio, y es común a todos los de aquella familia, y llámase
propiamente entre nosotros el apellido, como los 'Estúñigas', los 'Mendozas';
renombre es aquel que para más determinar el nombre propio se añade, y significa
en él algún accidente o dignidad, como 'maestre'. Así que diciendo 'don Juan de
Estúñiga, maestre'; 'don' es prenombre; 'Juan', nombre propio; 'Estúñiga',
connombre; 'maestre', renombre, y como quieren los latinos anombre.
Propio es de la lengua latina y de las que de ella descienden
doblar y trasdoblar los nombres, lo cual dicen los autores que hubo origen de
aquello que, cuando los sabinos se mezclaron con los romanos e hicieron con
ellos un cuerpo de ciudad, tomaron los unos los nombres de los otros, en señal y
prenda de amor. Los griegos, para determinar el nombre propio, añaden el nombre
del padre, o de la tierra, o de algún accidente y calidad; como 'Sócrates, hijo
de Sophronisco'; 'Platón Atheniense'; 'Eráclito Tenebroso', porque escribió de
filosofía en estilo oscuro. Los judíos añaden el nombre del padre a los nombres
propios, como 'Josue ben Nun', quiere decir hijo de Nun; 'Simón Barjona', quiere
decir hijo de Jona; algunas veces añaden el nombre del lugar, como 'Joseph de
Arimathía', 'Judas dEscarioth'. Los moros eso mismo añaden el nombre del padre,
como 'Alí aben Ragel', quiere decir hijo de Ragel; 'Aben Messué', hijo de
Messué.
Calidad, eso mismo en el nombre, se puede llamar aquello por lo
cual el adjetivo se distingue del substantivo. Adjetivo se
llama, porque siempre se arrima al substantivo, como si le quisiésemos llamar
arrimado; substativo se llama, porque está por sí mismo, y no se arrima a otro
ninguno; como diciendo 'hombre bueno', hombre es substantivo, porque puede estar
por sí mismo; bueno, adjetivo, porque no puede estar por sí sin que se arrime al
substantivo. El nombre substantivo es aquel con que se ayunta un artículo, como
'el hombre', 'la mujer', 'lo bueno'; o a lo más dos, como 'el infante', 'la
infante', según el uso cortesano. Adjetivo es aquel con que se pueden ayuntar
tres artículos, como 'el fuerte', 'la fuerte', 'lo fuerte'.
Podemos también llamar calidad aquello por que el relativo se distingue del antecedente. Antecedente se llama,
porque se pone delante del relativo; relativo se llama, porque hace relación del
antecedente, como 'el maestro lee, el cual enseña', 'maestro' es antecedente,
'el cual' es relativo. Y habemos de mirar que dos maneras hay de relativos:
unos, que hacen relación de algún nombre substantivo, y llámanse relativos de
substancia, y son dos: quien, que, y cual cuando se ayunta con artículo, como
diciendo: 'yo leí el libro que me diste' o 'el cual me diste'. Relativos de
accidente son los que hacen relación de algún nombre adjetivo, y son: 'tal',
'tanto', 'tamaño', 'cual', cuando se pone sin artículo, como diciendo: 'yo te
envío el libro mentiroso, cual me lo diste, tal, tamaño, cuamaño me lo
enviaste', porque 'tanto', 'cuanto', propiamente son relativos de cantidad
discreta; 'tamaño', 'cuamaño', de cantidad continua, como 'yo tengo tantos
libros cuantos tú', entiéndese cuanto al número; mas diciendo 'tamaños libros
cuamaños tú', entiéndese cuanto a la grandeza; mas diciendo 'tales cuales',
entiéndese cuanto a la calidad.
Capítulo tercero, de las especies del nombre
El segundo accidente del nombre es especie, la cual no es otra
cosa sino aquello por que el nombre derivado se distingue del primogénito.
Primogénito nombre es aquel que así es primero, que no tiene otro más antiguo de
donde venga por derivación; como 'monte', así es primogénito y principal en
nuestra lengua que no tiene en ella misma cosa primera de donde se saque y
descienda, aunque venga de 'mons', 'montis' latino; porque si tal descendimiento
llamásemos derivación, y a los nombres que se sacan de otra lengua, derivados,
apenas se hallaría palabra en el castellano que no venga del latín o de alguna
de las lenguas con que ha tenido conversación. Derivado nombre es aquel que se
saca de otro primero y más antiguo, como de 'monte': montesino, montaña,
montañés, montón, montero, montería, montaraz. Nueve diferencias y formas hay de
nombres derivados: patronímicos, posesivos, diminutivos, aumentativos,
comparativos, denominativos, verbales, participiales, adverbiales. Patronímicos
nombres son aquellos que significan hijo, o nieto, o alguno de los descendientes
de aquel nombre de donde formamos el patronímico, cuales son aquellos que en
nuestra lengua llamamos sobrenombres. Como Pérez, por hijo, o nieto, o alguno de
los descendientes de Pedro, que en latín se podría decir 'Petrides', y así de
Álvaro, Álvarez, por lo que los latinos dirían 'Alvarides'. Otra forma de
patronímicos yo no siento que tenga nuestra lengua. Posesivo nombre es aquel que
vale tanto como el genitivo de su principal, y significa alguna cosa de las que
se poseen, como de Sevilla, sevillano; de cielo, celestial. Diminutivo nombre es
aquel que significa disminución del principal de donde se deriva, como de
hombre: hombrecillo, que quiere decir 'pequeño hombre'; de mujer: mujercilla,
'pequeña mujer'. En este género de nombres, nuestra lengua sobra a la griega y
latina, porque hace diminutivos de diminutivos, lo cual raras veces acontece en
aquellas lenguas, como de hombre: hombrecillo, hombrecico, hombrecito; de mujer:
mujercilla, mujercica, mujercita. Tiene eso mismo nuestra lengua otra forma de
nombres contraria de estos, la cual no siente el griego, ni el latín, ni el
hebraico; el arábigo en alguna manera la tiene. Y porque este género de nombres
aún no tiene nombre, osémosle nombrar aumentativo, porque por él acrecentamos
alguna cosa sobre el principal de donde se deriva, como de hombre: hombrazo; de
mujer: mujeraza. De estos, a las veces usamos en señal de loor, como diciendo:
'es una mujeraza', porque abulta mucho; a las veces, en señal de vituperio, como
diciendo: 'es un caballazo', porque tiene alguna cosa allende la hermosura
natural y tamaño de caballo; porque, como dice Aristóteles, cada cosa en su
especie tiene ciertos términos de cantidad, de los cuales, si sale, ya no está
en aquella especie, o a lo menos no tiene hermosura en ella. Comparativo nombre
se llama aquel que significa tanto como su positivo con este adverbio 'más'.
Llaman los latinos positivo aquel nombre de donde se saca el comparativo. Mas,
aunque el latín haga comparativos de todos los nombres adjetivos que reciben
'más' o 'menos' en su significación, nuestra lengua no los tiene sino en estos
nombres: 'mejor', que quiere decir más bueno; 'peor', que quiere decir más malo;
'mayor', que quiere decir más grande; 'menor', que quiere decir más pequeño;
'más', que quiere decir 'más mucho', porque esta partecilla 'más', o es
adverbio, como diciendo: 'Pedro es más blanco que Juan', o es conjunción, como
diciendo: 'yo quiero, mas tú no quieres', o es nombre comparativo, como
diciendo: 'yo tengo más que tú', quiero decir 'más mucho que tú'. 'Prior' y
'senior', en el latín son comparativos, en nuestra lengua son como positivos,
porque 'prior' en latín es primero entre dos, y en castellano no quiere decir
sino primero de muchos; 'senior' quiere decir más anciano en latín, en nuestra
lengua es nombre de honra. Superlativos no tiene el castellano sino estos dos:
primero y postrimero. Todos los otros dice por rodeo de algún positivo y este
adverbio 'muy', como dijimos que se hacían los comparativos con este adverbio
'más', como diciendo 'bueno', 'más bueno', 'muy más bueno'. Denominativo nombre
es aquel que se deriva y desciende de otro nombre, y no tiene alguna especial
significación de aquellas cinco que dijimos arriba, como de justo, 'justicia';
de mozo, 'mocedad'; de ánima, 'animal'. Verbal nombre es aquel que se deriva de
algún verbo, como de amar, 'amor'; de labrar, 'labranza'. Participial nombre es
aquel que se saca del participio, como de docto, 'doctor'; de leído, 'lección';
de oído, 'oidor'. Adverbial nombre es aquel que se deriva de adverbio, como de
sobre, 'soberano', de iuso, 'iusano'.
Capítulo cuarto, de los nombres denominativos
Denominativos se pueden llamar todos los nombres que se derivan
y descienden de otros nombres, y en esta manera los patronímicos, posesivos,
diminutivos, aumentativos y comparativos se pueden llamar denominativos; más
propiamente llamamos denominativos aquellos que no tienen alguna especial
significación. Y porque estos tienen mucha semejanza con los posesivos y
gentiles, diremos ahora juntamente de ellos. Gentiles nombres llaman los
gramáticos aquellos que significan alguna gente, como 'español', 'andaluz',
'sevillano'; aunque Tulio, en el primero libro de los Oficios, hace diferencia
entre gente, nación y naturaleza; porque la gente tiene debajo de sí muchas
naciones, como España a Castilla, Aragón, Navarra, Portugal; la nación, muchas
ciudades y lugares, que son tierra y naturaleza de cada uno; mas todos estos
llamamos nombres gentiles, del nombre general que comprende a todos. Por la
mayor parte salen estos nombres en esta terminación 'ano', como de Castilla,
castellano; de Italia, italiano; de Toledo, toledano; de Sevilla, sevillano; de
Valencia, valenciano, o valentin, como de Florencia, florentin; de Plazencia la
de Italia, plazentin; de Plazencia la de España, plazenciano; y a semejanza de
aquestos decimos: de palacio, palanciano, por palaciano; de corte, cortesano.
Salen eso mismo los nombres gentiles muchas veces en 'es', como de Francia,
francés; de Aragón, aragonés; de Portugal, portugués, por portugalés; de
Córdoba, cordobés; de Burgos, burgalés, por burgués; y a esta semejanza, de
corte, cortés. Salen a las veces estos nombres en 'eño', como de extremo,
estremeño; de Cáceres, cacereño; de Alcántara, alcantareño, y a esta semejanza,
de mármol, marmoleño; de seda, sedeño. De los lugares no tan principales no
tenemos así en el uso estos nombres gentiles, pero podemos los sacar por
proporción y semejanza de los otros, en tal manera, que aquella formación no
salga dura y áspera; aunque, como dice Tulio, en las palabras no hay cosa tan
dura que usándola mucho no se pueda hacer blanda; como si a semejanza de
Cáceres, cacereño, quisiésemos hacer Guadalupe, guadalupeño, y Mérida, merideño;
aunque luego, en el comienzo, esta derivación parezca áspera, el uso la puede
hacer blanda y suave. Salen algunas veces los nombres gentiles en 'isco', como
de alemán, alemanisco; de moro, morisco; de Navarra, navarrisco; de Barbaria,
barbarisco, y a esta semejanza, de mar, marisco; de piedra, pedrisco. Salen en
'esco', como de Flandes, flandesco; de Sardeña, sardesco, y de frío, fresco; de
pariente, parentesco. Salen algunas veces en 'ego', como de cristiano,
cristianego; de judío, judiego; de Grecia, griego; de Galicia, gallego, y así
quiso salir de Arabia, arábigo, sino que mudó el acento y la 'e' en 'i'. Sin
proporción ninguna salió de Andalucía, andaluz, como de capa, capuz. Salen los
nombres denominativos en 'a', como de justo, justicia; de malo, malicia; de
abad, abadía. Salen en 'd', como de bueno, bondad; de malo, maldad. Salen muchas
veces en 'al'", como de cuerpo, corporal; de asno, asnal, y muchos de los que
significan lugar en que alguna cosa se contiene, como de rosa, rosal; de encina,
encinal; de roble, robledal; de manzana, manzanal; de higuera, higueral; de
pino, pinal; de guindo, guindal; de caña, cañaveral, por cañal, o porque los
antiguos llaman 'cañavera' a la que ahora 'caña', o porque no concurriese
'cañal' con el cañal de pescar. Salen estos nombres también muchas veces en
'ar', como de oliva, olivar; de palma, palmar; de malva, malvar; de lino, linar,
y así, de vaso, vasar; de colmena, colmenar. Salen en 'edo', como de olmo,
olmedo; de acebo, acebedo; de robre, robredo; de viña, viñedo; de árbol,
arboleda, por 'arboledo', que en latín se llama 'arboretum'. Salen los nombres
denominativos muchas veces en 'oso', y significan hinchamiento de aquello que
significa su principal, como de maravilla, maravilloso, por lleno de maravillas,
y así deseoso, codicioso, amoroso, sarnoso, lleno de deseo, codicia, amor,
sarna. Semejantes en significación son los que acaban en 'ento', como
sangriento, soñoliento, hambriento, sediento, avariento, polvoriento, por lleno
de sangre, sueño, hambre, sed, avaricia, polvo. Otros significan materia, como
los que acaban en 'ado' o en 'azo', como de rosa, rosado; de viola, violado; de
cebada, cebadazo; de trigo, trigazo; de mosto, mostaza; de lino, linaza. Salen
algunas veces estos nombres en 'uno', como de cabrón, cabruno; de oveja,
ovejuno; de vaca, vacuno; de ciervo, cervuno. Salen muchas veces los nombres
denominativos en 'ero', y significan comúnmente oficios, como de barba, barbero;
de zapato, zapatero; de oveja, ovejero; de hierro, herrero. Semejantes a estos
son los que acaban en 'or', mas son por la mayor parte verbales, como de tundir,
tundidor; de tejer, tejedor; de curtir, curtidor. Otros denominativos salen en
'ario', y significan lugar donde alguna cosa se pone y guarda, como sagrario,
donde las cosas sagradas; armario, donde las armas; encensario, donde el
encienso. Otros salen en otras muchas determinaciones, mas el que escribe
preceptos del arte abasta que ponga en el camino al lector, la prudencia del
cual, por semejanza de una cosa ha de buscar otra.
Capítulo quinto, de los nombres verbales
Verbales se llaman aquellos nombres que manifiestamente vienen
de algunos verbos, y salen en diversas maneras. Porque unos se acaban en -anza,
como de esperar, esperanza; de estar, estanza; de alabar, alabanza; de enseñar,
enseñanza; de perdonar, perdonanza; de abastar, abastanza. Otros salen en
-encia, como de doler, dolencia; de tener, tenencia; de correr, correncia; de
creer, creencia; de querer, querencia, por amor, y así decimos que los ganados y
fieras tienen con algún lugar querencia y amor, por lo que los rústicos dicen
"creencia". Otros salen en -ura, como de andar, andadura; de cortar, cortadura;
de hender, hendedura; de torcer, torcedura; de escribir, escritura. Otros salen
en -enda, como de enmendar, enmienda; de leer, leyenda; de contender, contienda;
de moler; molienda; de vivir, vivienda. Otros salen en -ida, como de correr,
corrida; de beber, bebida; de medir, medida; de subir, subida; de herir, herida;
de salir, salida. Otros salen en -on, como de perdonar, perdón; de tentar,
tentación; de consolar, consolación; de ver, visión; de proveer, provisión; de
leer, lección; de cavar, cavazón. Otros salen en -enta, como de vender, venta;
de rentar, renta; de tormentar, tormenta; de contar, cuenta; de emprentar,
emprenta. Otros salen en -e, precediendo diversas consonantes, como de tocar,
toque; de convidar, convite; de escotar, escote; de traer, traje; de trotar,
trote. Otros salen en -ento, como de pensar, pensamiento; de entender,
entendimiento; de jurar, juramento; de ofrecer, ofrecimiento; de sentir,
sentimiento. Otros salen en -do, como de abrazar, abrazado; de sentir, sentido;
de oír, oído; del olvidar, olvido. En -or salen otros, como de amar, amor; de
saber, sabor; de oler, olor; de doler, dolor; de temblar, temblor; en esta
terminación sale de cada verbo un nombre verbal que significa acción, y
pertenece a machos, como de amar, amador; de leer, leedor, o como en el latín
lector; de correr, corredor; de oír, oidor; de huir, huidor; estos se forman del
infinitivo mudando la -r final en -dor, como de estos mismos se forman otros
verbales añadiendo -a sobre la -r, los cuales también significan acción y
pertenecen a hembras, como de amador, amadora; de enseñador, enseñadora; de
leedor, leedora; de oidor, oidora; pero en estos algunas veces volvemos la -o
final en - e, como de tejedor, tejedora; de vendedor, vendedora, y algunas veces
en estos anteponemos "n", como de labador, labandera; de curador, curandera; de
labrador, labrandera, aunque mudó algún tanto la significación, porque labrador
no se dice sino el que labra el campo, y de allí labradora; labrandera, cuanto a
la voz, vino de labrador, mas cuanto a la significación vino de boslador o
bordador. Eso mismo todos los presentes del infinitivo pueden ser nombres
verbales, como diciendo: "el amar es dulce tormento", por decir "el amor",
porque si amar no fuera nombre, no pudiera recibir este artículo "el", y menos
podría juntarse con nombre adjetivo diciendo: "el mucho amar es dulce tormento",
y como dijo Persio: "después que miré este nuestro triste vivir", por decir esta
nuestra triste vida; y Gómez Manrique: "Pues este negro morir", por decir "pues
esta negra muerte".
Capítulo sexto, de la figura, género, número, declinación
y casos del
nombre
El tercero accidente es figura, la cual no es otra cosa sino
aquello por lo cual el nombre compuesto se distingue y aparta del sencillo.
Sencillo nombre se llama aquel que no se compone de partes que signifiquen
aquello que significa el entero, como "padre", aunque se componga de "pa",
"dre", ninguna de estas partes significa por sí cosa alguna de lo que significa
el entero. Compuesto nombre es aquel que se compone de partes, las cuales
significan aquello mismo que significa el entero, como esta dicción "compadre",
compónese de "con" y "padre", y significan estas dos partes lo que el entero,
que es padre con otro. En esto tienen los griegos maravillosa facilidad y
soltura, que hacen composición de muchas palabras, como aquel libro de Homero
que se intitula "Vatracomyomachia", que quiere decir pelea de ranas y de
ratones. Los latinos muchas veces hacen composición de dos palabras, de tres muy
pocas, salvo con preposiciones. El castellano muchas veces compone dos palabras,
mas tres pienso que nunca. Así que hace composición de dos nombres en uno, como
"república", "arquivanco"; de verbo y nombre, como "torcecuello",
"tirabraguero", "portacartas"; de dos verbos, como "vaiven", "alzaprime",
"muerdehuie"; de verbo y adverbio, como "pujavante"; de preposición y nombre,
como "perfil", "traspié", "trascol", "pordemás".
Género en el nombre es aquello por que el macho se distingue de
la hembra y el neutro de entrambos, y son siete: géneros masculino, femenino,
neutro, común de dos, común de tres, dudoso, mezclado. Masculino llamamos aquel
con que se ayunta este artículo "el", como "el hombre", "el libro". Femenino
llamamos aquel con que se ayunta este artículo "la", como "la mujer", "la
carta". Neutro llamamos aquel con que se ayunta este artículo "lo", como "lo
justo", "lo bueno". Común de dos es aquel con que se ayuntan estos dos artículos
"el", "la", como "el infante", "la infante"; "el testigo", "la testigo". Común
de tres es aquel con que se ayuntan estos tres artículos "el", "la", "lo", como
"el fuerte", "la fuerte", "lo fuerte". Dudoso es aquel con que se puede ayuntar
este artículo "el", o "la", como "el color", "la color"; "el fin", "la fin".
Mezclado es aquel que debajo de este artículo "el", o "la", significa los
animales machos y hembras, como "el ratón", "la comadreja", "el milano", "la
paloma". Mas habemos aquí de mirar que cuando algún nombre femenino comienza en
"a", porque no se encuentre una "a" con otra, y se haga fealdad en la
pronunciación, en lugar de "la", ponemos "el", como "el agua", "el águila", "el
alma", "el azada"; Si comienza en alguna de las otras vocales, por que no se
hace tanta fealdad, indiferentemente ponemos "el" o "la", como "el enemiga", "la
enemiga", pero en el plural siempre les damos el artículo de las hembras, como
"las aguas", "las enemigas".
Número en el nombre es aquello por que se distingue uno de
muchos. El número que significa uno llámase singular, como "el hombre", "la
mujer". El número que significa muchos llámase plural, como "los hombres", "las
mujeres".
Declinación del nombre no tiene la lengua castellana, salvo del
número de uno al número de muchos; pero la significación de los casos distingue
por preposiciones. Así que puédense reducir todos los nombres a tres formas de
declinación: La primera de los que acaban el singular en -a, añadiendo 's',
envían el plural en -as, como 'la tierra', 'las tierras'; sácanse los que tienen
acento agudo en la última sílaba, porque sobre el singular reciben esta
terminación -es, como 'alvalá', 'alvalaes'; 'alcalá', 'alcalaes'; y así diremos:
una a, dos aes; una ca, dos caes. La segunda, de los que acaban el número de uno
en - o, y añadiendo 's', envían el número de muchos en 'os', como 'el cielo',
'los cielos'. La tercera, de los que acaban el número de uno en d, e, i, l, n,
r, s, j, z; porque en las otras letras ningún nombre acaba, salvo si es bárbaro,
como Jacob, Isaac; y envían todos el número de muchos en -es; y fórmanse del
singular, añadiendo -es, si acaban en -i, o en alguna de las consonantes; o
añadiendo solamente -s, si el singular acaba en -e, como 'la ciudad', 'las
ciudades'; 'el hombre', 'los hombres'; 'el rey', 'los reyes'; 'el animal', 'los
animales'; 'el pan', 'los panes'; 'el amor', 'los amores'; 'el compás', 'los
compases'; 'el relox', 'los relojes'; 'la paz', 'las paces'. Sácanse los que
acaban en -e aguda, porque sobre el singular reciben esta terminación -es, como
'el alquilé', 'los alquilees'; 'la fe', 'las fees', y así decimos: una b, dos
bees; una d, dos dees. También se saca 'maravedí', que por aquesta regla había
de hacer 'maravedíes', y hace 'maravedís'. Eso mismo, en las palabras que acaban
en -x, como 'relox', 'balax', mas parece que en el plural suena j consonante,
que no x, como 'relox', 'relojes'; 'carcax', 'carcajes'.
Los casos en el castellano son cinco: El
primero llaman los latinos nominativo, porque por él se nombran las cosas, y se
pone quien alguna cosa hace, solamente con el artículo del género, como "el
hombre". El segundo llaman genitivo, porque en aquel caso se pone el nombre del
engendrador, y cúya es alguna cosa, con esta preposición "de", como "hijo del
hombre". El tercero llaman dativo, porque en tal caso se pone a quien damos o a
quien se sigue daño o provecho, con esta preposición a, como "yo doy los dineros
a ti". El cuarto llaman acusativo, porque en tal caso ponemos a quien acusamos,
y generalmente a quien padece por algún verbo, con esta preposición a, o sin
ella, como "yo amo al prójimo" o "amo el prójimo". El quinto llaman vocativo,
porque en aquel caso se pone a quien llamamos, con este adverbio o, sin
artículo, como "¡oh hombre!". Sexto y séptimo caso no tiene nuestra lengua, pero
redúcense a los otros cinco.
Capítulo séptimo, de los nombres que no tienen
plural o singular
Dijimos en el capítulo pasado que los nombres tenían dos
números: singular y plural; mas esto no es todavía, porque muchos nombres hay
que no tienen plural, y por el contrario muchos que no tienen singular. No
tienen número plural los nombres propios de los hombres, como Pedro, Juan,
Juana, María; pero si decimos 'los Pedros', 'los Juanes', 'las Juanas', 'las
Marías', ya no son propios, sino comunes. Y así, de los nombres propios de las
ciudades, villas, aldeas y otros lugares, como Sevilla, Toledo, Medina; y las
que de ellas se declinan en el plural, no tienen singular, como Burgos, Dueñas,
Cáceres; y, por consiguiente, de los nombres propios de las islas, como
Inglaterra, Cicilia, Cerdeña. 'Cález' más parece del número plural, porque en el
latín 'Gades' es del número plural; y cuando decimos Mallorcas, ya no es nombre
propio, mas común a Mallorca y Menorca. Y otro tanto podemos decir de los
nombres propios de los ríos, montes, caballos, bueyes, perros, y otras cosas a
las cuales solemos poner nombres para distinguirlas en su especie. No tienen eso
mismo plural las cosas úmidas que se miden y pesan, como: vino, mosto, vinagre,
arrope, aceite, leche; de las cosas secas que se miden y pesan, algunas tienen
singular y no plural, como: trigo, cebada, centeno, harina, cáñamo, lino, avena,
arroz, mostaza, pimienta, azafrán, canela, gingibre, culantro, alcaravía; y por
el contrario, otras tienen plural y no singular, como: garbanzos, habas,
atramuzes, alholvas, arvejas, lentejas, cominos, salvados. No tienen tampoco
plural éstos: sangre, cieno, limo, cólera, gloria, fama, polvo, ceniza, arena,
leña, orégano, poleo, tierra, aire, fuego, salvo si quisiésemos demostrar partes
de aquella cosa; como diciendo 'la tierra es seca y redonda', entiendo todo el
elemento; mas diciendo 'yo tengo tres tierras', entiendo tres pedazos de ella; y
así, diciendo 'vino', entiendo todo el linaje del vino; mas diciendo 'tengo
muchos vinos', digo que tengo diversas especies de vino. Por el contrario, hay
otros nombres que tienen plural y no singular, como: tijeras, escribanías,
árguenas, alforjas, anguarillas, devanaderas, tenazas, parrillas, treudes,
llares, grillos, esposas, guadafiones, puchas, manteles, exequias, primicias,
décimas, livianos, pares de mujer, y todos los nombres por que contamos sobre
uno, como: sendos, dos, tres, cuatro. Este nombre 'uno', o es para contar, y
entonces no tiene plural, por cuanto repugna a su significación, salvo si se
juntase con nombre que no tiene singular, como diciendo: unas tijeras, unas
tenazas, unas alforjas, quiero decir un par de tijeras, un par de tenazas, un
par de alforjas; o es para demostrar alguna cosa particular, como los latinos
tienen 'quidam', y entonces tómase por 'cierto', y puede tener plural, como
diciendo: 'un hombre vino', 'unos hombres vinieron', quiero decir que 'vino
cierto hombre', y 'vinieron ciertos hombres'.
Capítulo octavo, del pronombre
Pronombre es una de las diez partes de la oración, la cual se
declina por casos, y tiene personas determinadas. Y llámase pronombre porque se
pone en lugar de nombre propio; porque tanto vale 'yo' como 'Antonio', 'tú' como
'Hernando'. Los accidentes del pronombre son seis: especie, figura, género,
número, persona, declinación por casos. Las especies del pronombre son dos, como
dijimos del nombre: primogénita y derivada; de la especie primogénita son seis
pronombres: yo, tú, sí, éste, ése, él; de la especie derivada son cinco: mío,
tuyo, suyo, nuestro, vuestro; y tres cortados: de mío, mi; de tuyo, tu; de suyo,
su. Las figuras del pronombre son dos, así como en el nombre: simple y
compuesta; simple, como: este, ese, él; compuesta, como: aqueste, aquese, aquel.
Esta partecilla 'mismo' compónese con todos los otros pronombres, como: yo
mismo, tú mismo, él mismo, sí mismo, este mismo, ese mismo, él mismo; 'mismo' no
añade sino una expresión y hemencia que los griegos y gramáticos latinos llaman
énfasis; y por esta figura decimos 'nosotros', 'vosotros'. Los géneros del
pronombre son cuatro: masculino, como este; femenino, como esta; neutro, como
esto; común de tres, como yo, mí. Los números del pronombre son dos, como en el
nombre: singular, como yo; plural, como nos. Las personas del pronombre son
tres: la primera, que habla de sí, como yo, nos; la segunda, a la cual habla la
primera, como tú, vos; la tercera, de la cual habla la primera, como él, ellos.
De la primera persona no hay sino un pronombre: yo, nos; mas de las cosas
ayuntadas con ella son: mío, nuestro; esto, aquesto. De la segunda persona no
hay sino otro pronombre: tú, vos, y todos los vocativos de las partes que se
declinan por casos, por razón de este pronombre 'tú', que se entiende con ellos,
porque tanto vale 'oh Juan, lee', como 'tú, lee'; de las cosas ayuntadas con la
segunda persona: tuyo, vuestro; eso, aqueso. Todos los otros nombres y
pronombres son de la tercera persona.
La declinación del pronombre, en parte se puede reducir a la
del nombre, en parte es diferente de ella, y en alguna manera irregular; así que
el esparcimiento de la declinación del pronombre guardarlo hemos para otro
lugar, donde trataremos de las Introducciones para esta nuestra obra. Y porque
en el tercero capítulo de este libro dijimos que tanto vale el nombre posesivo
como el genitivo de su principal, esto no se puede decir de los pronombres,
porque otra cosa es mío, que de mí; tuyo, que de ti; suyo, que de sí; nuestro,
que de nos; vuestro, que de vos; porque mío, tuyo, suyo, nuestro, vuestro,
significan acción; de mí, de ti, de sí, de nos, de vos, significan pasión. Como
diciendo 'es mi opinión', quiero decir la opinión que yo tengo de alguna cosa;
mas diciendo 'es la opinión de mí', quiero decir la opinión que otros de mí
tienen; y así, diciendo 'yo tengo buena opinión de ti', quiero decir la que yo
tengo de ti; 'tengo tu opinión', quiero decir la que tú tienes de alguna cosa;
así mismo, diciendo 'es mi señor', quiero decir que yo lo tengo por señor; mas
diciendo 'es señor de mí', quiero decir que él tiene el señorío y posesión de
mí. De donde se convence el error de los que, apartándose de la común y propia
manera de hablar, dicen 'suplico a la merced de vosotros', en lugar de decir
'suplico a vuestra merced'; porque diciendo 'suplico a la merced de vosotros',
quiero decir que suplico a la misericordia que otros tienen de vos, lo cual es
contrario de lo que ellos sienten; mas diciendo 'suplico a vuestra merced',
dirían lo que quieren, que es: suplico a la misericordia de que acostumbráis
usar; porque no es otra cosa 'merced', sino aquello que los latinos llaman
'misericordia', así que diciendo el Rey: 'es mi merced', quiere decir la
misericordia de que suele usar; mas diciendo 'Señor, habe merced de mí', quiero
decir, no la que yo tengo, sino la que el Señor tiene de mí.
Capítulo noveno, del artículo
Todas las lenguas, cuantas he oído, tienen una parte de la
oración, la cual no siente ni conoce la lengua latina. Los griegos llámanla
'arzrón'; los que la volvieron de griego en latín llamáronle artículo, que en
nuestra lengua quiere decir artejo; el cual, en el castellano, no significa lo
que algunos piensan: que es una coyuntura o ñudo de los dedos; antes se han de
llamar artejo aquellos huesos de que se componen los dedos; los cuales son unos
pequeños miembros a semejanza de los cuales se llamaron aquellos artículos que
añadimos al nombre para demostrar de qué género es. Y son los artículos tres:
el, para el género masculino; la, para el género femenino; lo, para el género
neutro, según que más largamente lo declaramos en otro lugar, cuando tratábamos
del género del nombre.
Y ninguno se maraville que el, la, lo, pusimos aquí por
artículo, pues que lo pusimos en el capítulo pasado por pronombre, porque la
diversidad de las partes de la oración no está sino en la diversidad de la
manera de significar; como diciendo 'es mi amo', 'amo' es nombre; mas diciendo
'amo a Dios', 'amo' es verbo. Y así, esta partecilla el, la, lo, es para
demostrar alguna cosa de las que arriba dijimos; como diciendo 'Pedro lee, y él
enseña', 'él' es pronombre demostrativo o relativo; mas cuando añadimos esta
partecilla a algún nombre para demostrar de qué género es, ya no es pronombre,
sino otra parte muy diversa de la oración que llamamos artículo. Y así lo hacen
los griegos, que de una misma parte 'o', 'e', 'to', usan por pronombre y por
artículo; entre los cuales y los latinos tuvo nuestra lengua tal medio y
templanza que, siguiendo los griegos, puso artículos solamente a los nombres
comunes, comoquiera que ellos también los pongan a los nombres propios, diciendo
'el Pedro ama la maría', y quitamos los artículos de los nombres propios, a
imitación y semejanza de los latinos.
Lo cual nuestros mayores hicieron con más prudencia que los
unos ni los otros; porque, ni los griegos tuvieron causa de anteponer artículos
a los nombres propios, pues que en aquéllos por sí mismo el género se conoce; ni
los latinos tuvieron razón de quitarlos a los nombres comunes, especialmente
aquellos en que la naturaleza no demuestra diferencia entre machos y hembras por
los miembros genitales, como el milano, la paloma, el cielo, la tierra, el
entendimiento, la memoria. Y porque, como dijimos en el capítulo pasado, el
pronombre se pone en lugar de nombre propio, también quitamos el atículo al uno
como al otro; así que no diremos 'el yo', 'el tú'. Mas, porque en los pronombres
derivados siempre se entiende algún nombre común, podémosles añadir artículo,
como diciendo 'el mío', entiéndese hombre; diciendo 'la mía', entiéndese mujer;
'lo mío', entiendese cosa mía. Mas, como 'dios' sea común nombre, quitámosle el
artículo, cuando se pone por el verdadero, que es uno; y porque la Sagrada
Escritura hace mención de muchos dioses no verdaderos, usamos de este nombre
como de común, diciendo 'el dios de Abraham', 'el dios de los dioses', y
entonces así le damos artículo, como lo añadiríamos a los nombres propios,
cuando los ponemos por comunes, como si dijésemos 'los Pedros son más que los
Antonios'.
Capítulo décimo, del verbo
Verbo es una de las diez partes de la oración, el cual se
declina por modos y tiempos, sin casos. Y llámase verbo, que en castellano
quiere decir palabra, no porque las otras partes de la oración no sean palabras;
mas porque las otras sin ésta no hacen sentencia alguna, ésta, por excelencia,
llamóse palabra. Los accidentes del verbo son ocho: especie, figura, género,
modo, tiempo, número, persona, conjugación. Las especies del verbo son dos, así
como en el nombre: primogénita, como amar; derivada, como de armas, armar.
Cuatro formas o diferencias hay de verbos derivados: aumentativos, diminutivos,
denominativos, adverbiales. Aumentativos verbos son aquellos que significan
continuo acrecentamiento de aquello que significan los verbos principales de
donde se sacan, como de blanquear, blanquecer; de negrear, negrecer; de doler,
adolecer. Diminutivos verbos son aquellos que significan disminución de los
verbos principales de donde descienden por derivación, como de batir, baticar;
de besar, besicar; de furtar, furgicar; y en esta misma figura sale de balar,
balitar. Denominativos verbos se llaman aquellos que se derivan y descienden de
nombres, como de cuchillo, acuchillar: de pleito, pleitear; de armas, armar.
Adverbiales se llaman aquellos verbos que se sacan de los adverbios, como de
sobre, sobrar; de encima, encimar; de abajo, abajar; porque las preposiciones,
cuando no se ayuntan con sus casos, siempre se ponen por adverbios. Las figuras
del verbo, así como en el nombre, son dos: sencilla, como amar; compuesta, como
desamar. Género en el verbo es aquello por que se distingue el verbo activo del
absoluto. Activo verbo es aquel que pasa en otra cosa, como diciendo 'yo amo a
Dios', esta obra de amar pasa en Dios. Absoluto verbo es aquel que no pasa en
otra cosa, como diciendo 'yo vivo', 'yo muero', esta obra de vivir y morir no
pasa en otra cosa después de sí; salvo si figuradamente pasase en el nombre que
significa la cosa del verbo, como diciendo 'yo vivo vida alegre', 'tú mueres
muerte santa'. Repártese el verbo en modos, el modo en tiempos, el tiempo en
números, el número en personas.
El modo en el verbo, que Quintiliano llama calidad, es aquello
por lo cual se distinguen ciertas maneras de significado en el verbo. Estos son
cinco: indicativo, imperativo, optativo, subjuntivo,
infinitivo. Indicativo modo es aquel por el cual demostramos lo que se hace,
porque 'indicare' en el latín es demostrar; como diciendo 'yo amo a Dios'.
Imperativo modo es aquel por el cual mandamos alguna cosa, porque imperar es
mandar, como '¡oh Antonio!, ama a Dios'. Optativo modo es aquel por el cual
deseamos alguna cosa, porque 'optare' es desear, como '¡oh, si amases a Dios!'.
Subjuntivo modo es aquel por el cual juntamos un verbo con otro, porque
'subjungere' es ayuntar, como diciendo 'si tú amases a Dios, Él te amaría'.
Infinitivo modo es aquel que no tiene números ni personas, y a menester otro
verbo para lo determinar, porque infinitivo es indeterminado, como diciendo
'quiero amar a Dios'.
Los tiempos son cinco: presente, pasado no acabado, pasado
acabado, pasado más que acabado, venidero. Presente tiempo se llama aquel en el
cual alguna cosa se hace ahora, como diciendo 'yo amo'. Pasado no acabado se
llama en el cual alguna cosa se hacía, como diciendo 'yo amaba'. Pasado acabado
es aquel en el cual alguna cosa se hizo, como diciendo 'yo amé'. Pasado más que
acabado es aquel en el cual alguna cosa se había hecho cuando algo se hizo, como
'yo te había amado, cuando tú me amaste'. Venidero se llama en el cual alguna
cosa se ha de hacer, como diciendo 'yo amaré'. El indicativo y subjuntivo tienen
todos cinco tiempos; el optativo y infinitivo, tres: presente, pasado, venidero;
el imperativo sólo el presente. Los números en el verbo son dos, así como en el
nombre: singular, como diciendo 'yo amo'; plural, como 'nos amamos'. Las
personas del verbo son tres, como en el pronombre: primera, como 'yo amo';
segunda, como 'tú amas'; tercera, como 'alguno ama'. Las conjugaciones del verbo
son tres: la primera, que acaba el presente del infinitivo en 'ar', como amar,
enseñar; la segunda, que acaba el infinitivo en 'er', como leer, correr; la
tercera, que acaba el infintivo en 'ir', como oir, vivir.
Capítulo undécimo, de los circunloquios del verbo
Así como en muchas cosas la lengua castellana abunda sobre el
latín, así por el contrario, la lengua latina sobra al castellano, como en esto
de la conjugación. El latín tiene tres voces: activa, verbo impersonal, pasiva;
el castellano no tiene sino sola el activa. El verbo impersonal súplelo por las
terceras personas del plural del verbo activo del mismo tiempo y modo, o por las
terceras personas del singular, haciendo en ellas reciprocación y retorno con
este pronombre se; y así por lo que en el latín dicen "curritur", currebatur",
nosotros decimos corren, corrían, o córrese, corríase; y así por todo lo
restante de la conjugación. La pasiva súplela por este verbo soy, eres y el
participio del tiempo pasado de la pasiva misma, así como lo hace el latín en
los tiempos que faltan en la misma pasiva; así que por lo que el latín dice
"amor", "amabar", "amabor", nosotros decimos: yo soy amado, yo era amado, yo
seré amado, por rodeo de este verbo soy, eres, y de este participio amado; y así
de todos los otros tiempos. Dice eso mismo las terceras personas de la voz
pasiva por las mismas personas de la voz activa, haciendo retorno con este
pronombre se, como decíamos del verbo impersonal, diciendo: ámase Dios; ámanse
las riquezas, por "es amado Dios", "son amadas las riquezas".
Tiene también el castellano en la voz activa menos tiempos que
el latín, los cuales dice por rodeo de este verbo "he", "has", y del nombre
verbal infinito, del cual diremos abajo en su lugar, y aun algunos tiempos de
los que tiene propios dice también por rodeo. Así que dice el pasado acabado,
por rodeo en dos maneras: una, por el presente del indicativo; y otra, por el
mismo pasado acabado, diciendo: yo he amado y hube amado. El pasado más que
acabado dice por rodeo del pasado no acabado, diciendo: yo había amado. El
futuro dice por rodeo del infinitivo y del presente de este verbo "he", "has",
diciendo: yo amaré, tú amarás, que vale tanto como: yo he de amar, tú has de
amar. En esta manera dice por rodeo el pasado no acabado del subjuntivo, con el
infinitivo y el pasado no acabado del indicativo de este verbo "he", "has",
diciendo: yo amaría, yo leería, que vale tanto como: yo había de amar, yo había
de leer. Y si alguno dijere que amaré, amaría, y leeré, leería, no son dichos
por rodeo de este verbo "he", "has"; "ía", "ías", preguntarémosle, cuando
decimos así: "el Virgilio que me diste leértelo he", y "leértelo ía si tú
quieres" o "si tú quisieses"; he, ía, ¿qué partes son de la oración?, es forzado
que responda que es verbo. El pasado del optativo dícese por rodeo del presente
del mismo optativo y del pasado del mismo optativo, diciendo: oh si amara y
hubiese amado. El pasado no acabado del subjuntivo dícese, como dijimos, por
rodeo del pasado no acabado del indicativo, antepuesto el infinitivo del verbo,
cuyo tiempo queremos decir por rodeo, como diciendo: yo leería, si tú quisieses.
El pasado acabado del subjuntivo dícese por rodeo del presente del mismo
subjuntivo, diciendo: como yo haya amado. El pasado más que acabado del
subjuntivo dícese por rodeo del pasado no acabado del mismo subjuntivo y del
mismo tiempo, como diciendo: si yo hubiera leído y hubiese leído. El venidero
del subjuntivo dícese por rodeo en tres maneras: por el venidero del indicativo;
por el presente del subjuntivo; por el venidero del mismo subjuntivo, diciendo:
como yo habré leído, haya leído, hubiere leído. El pasado del infinitivo dícese
por rodeo del presente del mismo infinitivo, como diciendo: haber leído. El
venidero del infinitivo dícelo por rodeo del presente del mismo infinitivo y de
algún verbo de los que significan que algo se hará en el tiempo venidero, como
diciendo: espero leer, pienso oír.
Capítulo duodécimo, del gerundio del castellano
Gerundio en el castellano es una de las diez partes de la
oración, la cual vale tanto como el presente del infinitivo del verbo de donde
viene y esta preposición 'en'; porque tanto vale 'leyendo el Virgilio
aprovecho', como 'en leer el Virgilio aprovecho'. Y dícese gerundio, de 'gero',
'geris', por traer, porque trae la significación del verbo de donde desciende.
Los latinos tienen tres gerundios substantivos: el primero, del genitivo; el
segundo, del ablativo; el tercero, del acusativo; los
cuales no tienen los griegos, mas en lugar de ellos usan del presente del
infinitivo con los artículos de aquellos casos; a semejanza de los cuales,
también nosotros en el gerundio del genitivo, que no tenemos, ponemos el
artículo del genitivo con el presente del infinitivo, y por lo que los latinos
dicen 'amandi', nosotros decimos 'de amar'; también en lugar del gerundio del
acusativo ponemos el mismo presente del infinitivo con esta preposición 'a', y
por lo que los latinos dicen 'amandum', nosotros decimos 'a amar'.
Tienen eso mismo los latinos otra parte de la oración que ellos
llaman supino, la cual no tiene el griego ni el castellano, ni otra lengua de
cuantas yo he oído; mas cuando la volvemos de latín en castellano, en lugar del
primero supino ponemos esta preposición 'a' con el presente del infinitivo, y
por lo que en el latín decimos 'eo venatum', en castellano decimos 'voy a
cazar'; por el segundo supino ponemos esta preposición 'de' con el presente del
infinitivo de la pasiva, y por lo que en el latín se dice 'mirabile dictu',
nosotros decimos 'cosa maravillosa de ser dicha'.
Capítulo decimotercero, del participio
Participio es una de las diez partes de la oración, que
significa hacer y padecer en tiempo como verbo, y tiene casos como nombre, y de
aquí se llamó participio, porque toma parte del nombre y parte del verbo. Los
accidentes del participio son seis: tiempo, significación, género, número,
figura, caso con declinación. Los tiempos del participio son tres: presente,
pasado, venidero; mas, como diremos, el castellano apenas siente el participio
del presente y del venidero, aunque algunos de los varones doctos introdujeron
del latín algunos de ellos, como: doliente, paciente, bastante, sirviente,
semejante, corriente, venidero, pasadero, hacedero, asadero; del tiempo pasado
tiene nuestra lengua participios casi en todos los verbos, como: amado, leído,
oído. Las significaciones del participio son dos: activa y pasiva. Los
participios del presente todos significan acción, como: corriente, el que corre;
sirviente, el que sirve. Los participios del tiempo pasado significan comúnmente
pasión; mas algunas veces significan acción, como estos: callado, el que calla;
hablado, el que habla; porfiado, el que porfía: osado, el que osa; atrevido, el
que se atreve; derramado, el que derrama; encogido, el que se encoge; perdido,
el que pierde; leído, el que lee; proveído, el que provee; conocido, el que
conoce; comedido, el que comide; recatado, el que recata; acostumbrado, el que
acostumbra; agradecido, el que agradece; mirado, el que mira; jurado, el que
jura; entendido, el que entiende; sentido, el que siente; sabido, el que sabe;
esforzado, el que se esfuerza; ganado, que gana; crecido, que crece; dormido,
que duerme; nacido, que nace; muerto, que muere. Los participios del futuro,
cuanto yo puedo sentir, aunque los usan los gramáticos que poco de nuestra
lengua sienten, aún no los ha recibido el castellano; como quiera que ha
comenzado a usar de alguno de ellos, y así decimos: tiempo venidero, que ha de
venir; cosa matadera, que ha de matar; cosa hacedera, que ha de ser hecha; queso
asadero, que ha de ser asado; mas aún hasta hoy ninguno dijo: amadero,
enseñadero, leedero, oidero. Los géneros del participio son cuatro: masculino,
como amado; femenino, como amada; neutro, como lo amado; común de tres, como el
corriente, la corriente, lo corriente. Y así de todos los participios del
presente, salvo algunos que se hallan substantivados en el género masculino,
como el oriente, el occidente, el levante, el poniente; algunos en el género
femenino, como la creciente, la menguante, la corriente; en el género neutro
todos los participios se pueden substantivar. Las figuras del participio son
dos, como en el nombre: sencilla, como amado; compuesta, como desamado. Los
números del participio son dos, como en el nombre: singular, como amante, amado;
plural, como amantes, amados. Los casos y declinación del participio en todo son
semejantes y se reducen al nombre.
Capítulo decimocuarto, del nombre participial infinito
Una otra parte de la oración tiene nuestra lengua, la cual no
se puede reducir a ninguna de las otras nueve, y menos la tiene el griego,
latín, hebraico y arábigo. Y porque aún entre nosotros no tiene nombre, osémosla
llamar nombre participial infinito: nombre, porque significa substancia y no
tiene tiempos; participial, porque es semejante al participio del tiempo pasado;
infinito, porque no tiene géneros, ni números, ni casos, ni personas
determinadas. Esta parte fue hallada para que con ella y con este verbo, he,
has, hube, se suplan algunos tiempos de los que falta el castellano del latín; y
aún para decir por rodeo algunos de los que tienen, según que más largamente lo
dijimos en el onceno capítulo de este libro. Y porque dijimos que esta
partecilla es semejante al participio, en muchas cosas difiere de él: porque ni
tiene géneros, como participio, ni dirá la mujer: 'yo he amada', sino 'yo he
amado', ni tiene tiempos, sino por razón del verbo con que se ayunta; ni
significa pasión, como el participio del tiempo pasado, antes siempre significa
acción con el verbo con que se ayunta; ni tiene números, ni personas, ni casos;
porque no podemos decir 'nosotros habemos amados las mujeres', ni menos
'nosotros habemos amadas las mujeres', como dijo un amigo nuestro en comienzo de
su obra:
Un grande tropel de coplas no coplas
Las cuales has
hechas,
por decir 'las cuales has hecho'; aunque esta manera de decir
está usada en las Siete Partidas; mas el uso echó de fuera aquella antigüedad. Y
si esta parte quisiésemos reducir a una de las otras nueve, podíamosla llamar
nombre, como dicen los gramáticos, significador de la cosa del verbo; el cual
junto con este verbo 'he', 'has', 'hube', como cosa que padece, puesta en
acusativo, dice por rodeo aquellos tiempos que dijimos. Mas a esto repugna la
naturaleza de los verbos, los cuales no pueden juntarse con dos acusativos
substantivos, sin conjunción, salvo en pocos verbos de cierta significación; y
aun en aquellos apenas puede sufrir el castellano dos acusativos, lo cual se
haría en todos los verbos activos, como diciendo 'yo he amado los libros', 'tú
has leído el Virgilio', 'alguno ha oído el Oracio'. Y por esta causa pusimos
esta parte de la oración distinta de las otras, por la manera de significar que
tiene muy distinta de ellas.
Capítulo decimoquinto, de la preposición
Preposición es una de las diez partes de la oración, la cual se
pone delante de las otras por ayuntamiento o por composición. Como diciendo 'yo
voy a casa', 'a' es preposición y ayúntase con casa; mas diciendo 'yo apruebo
tus obras', 'a' compónese con este verbo 'pruebo', y hace con él un cuerpo de
palabra. Y llámase preposición porque siempre se antepone a las otras partes de
la oración. Los accidentes de la preposición son tres: figura, orden y caso; mas
porque en la lengua castellana siempre se prepone y nunca se pospone, no ponemos
la orden por accidente de la preposición. Así que serán las figuras dos, así
como en el nombre: sencilla, como 'dentro'; compuesta, como 'dedentro'. Los
casos con que se ayuntan las preposiciones son dos: genitivo y acusativo. Las
preposiciones que se ayuntan con genitivo son estas: ante, delante, allende,
aquende, bajo, debajo, cerca, después, dentro, fuera, lejos, encima, hondón,
derredor, tras; como diciendo: bajo de la iglesia, debajo del cielo, ante de
mediodía, delante del rey, allende de la mar, aquende de los montes, cerca de la
ciudad, después de mediodía, dentro de casa, fuera de la cámara, lejos de la
ciudad, encima de la cabeza, hondón del polo segundo, derredor de mí, tras de
ti. Pueden algunas de estas preposiciones juntarse con acusativo, como diciendo:
ante el juez, delante el rey, allende la mar, aquende los montes, y así de las
otras casi todas. Las preposiciones que se ayuntan con acusativo son: a, contra,
entre, por, según, hasta, hacia, de, sin, con, en, so, para; como diciendo: a la
plaza, contra los enemigos, entre todos, por la calle, según san Lucas, hasta la
puerta, hacia la villa, de la casa, sin dineros, con alegría, en la mula, so el
portal, para mi.
Pueden las preposiciones componerse unas con otras, como
diciendo: acerca, de dentro, adefuera. Los latinos abundan en preposiciones por
las cuales distinguen muchas maneras de significar; y porque nuestra lengua
tiene pocas es forzado que confunda los significados. Como esta preposición
'cerca', a las veces significa cercanidad de lugar, como 'yo moro cerca de la
iglesia'; a las veces cercanidad de afección y amor, como 'yo estoy bien quisto
cerca de ti'; a las veces, cercanidad de señorío, como 'yo tengo dineros cerca
de mi'; pero el latín tiene preposiciones distintas, y por lo primero dice
'apud'; por lo segundo, 'erga'; por lo tercero, 'penes'; eso mismo esta
preposición 'por', o significa causa, como 'por amor de ti'; o significa lugar
por donde, como 'por el campo'; por lo primero dice 'propter', por lo segundo
'per', o significa en lugar, como dicendo: 'téngolo por padre', por decir 'en
lugar de padre', y por esto dice 'pro'. Sirven, como dijimos, las preposiciones
para demostrar la diversidad de la significación de los casos, como 'de', para
demostrar cuya es alguna cosa, que es el segundo caso; 'a', para demostrar a
quién aprovechamos o empecemos, que es el tercero caso; 'a', eso mismo, para
demostrar el cuarto caso en los nombres propios, y aún algunas veces en los
comunes. Hay algunas preposiciones que nunca se hallan sino en composición, y
son estas: con, des, re, como 'concordar', 'desacordar', 'recordar'.
Capítulo decimosexto, del adverbio
Adverbio es una de las diez partes de la oración. La cual
añadida al verbo hinche o mengua o muda la significación de aquel, como
diciendo: bien lee, mal lee, no lee; bien hinche, mal mengua; 'no' muda la
significación de este verbo 'lee'. Y llámase adverbio porque comúnmente se junta
y arrima al verbo para determinar alguna cualidad en él, así como el nombre
adjetivo determina alguna cualidad en el nombre substantivo. Los accidentes del
adverbio son tres: especie, figura, significación. Las especies del adverbio son
dos, así como en el nombre: primogénita, como: luego, más; derivada, como: bien,
de bueno; mal, de malo. Las figuras son dos, como en el nombre: sencilla, como
'ayer'; compuesta, como 'antier', de 'ante' y 'ayer'. Las significaciones de los
adverbios son diversas: de lugar, como 'aquí', 'ahí', 'allí'; de tiempo, como
'ayer', 'hoy', 'mañana'; para negar, como 'no', 'ni'; para afirmar, como 'sí';
para dudar, como 'quizá'; para demostrar, como 'he'; para llamar, como 'o', 'a',
'ahao'; para desear, como 'osi', 'ojalá'; para ordenar, como 'item', 'después';
para preguntar, como 'por qué'; para ayuntar, como 'ensemble'; para apartar,
como 'aparte'; para jurar, como 'pardiós', 'ciertamente'; para despertar, como
'ea'; para disminuir, como 'a escondidillas'; para semejar, como 'así', 'así
como'; para cantidad, como 'mucho', 'poco'; para calidad, como 'bien',
'mal'.
Otras muchas maneras hay de adverbios, que se dicen en el
castellano por rodeo, como para contar: 'una vez', 'dos veces', 'muchas veces',
por rodeo de dos nombres; otros muchos adverbios de calidad, por rodeo de algún
nombre adjetivo y este nombre 'miente' o 'mente', que significa ánima o
voluntad; y así decimos 'de buena miente', y 'para mientes', y 'vino se le
mientes'; y de aquí decimos muchos adverbios, como 'justamente', 'sabiamente',
'neciamente'; otros decimos por rodeo de esta preposición 'a' y de algún nombre,
como 'apenas', 'aosadas', 'asabiendas', 'adrede'.
Y porque los adverbios de lugar tienen muchas diferencias,
diremos aquí de ellos más distintamente: porque o son de lugar, o a lugar, o por
lugar, o en lugar. De lugar preguntamos por este adverbio 'de dónde', como ¿de
dónde vienes?, y respondemos por estos adverbios: 'de aquí donde yo estoy', 'de
ahí donde tú estás', 'de allí donde alguno está', de acullá, de dentro, de
fuera, de arriba, de abajo, de donde quiera. A lugar preguntamos por este
adverbio 'adonde', como ¿a dónde vas?, y respondemos por estos adverbios: acá
adonde yo estoy, allá donde tú estás, por allí o por acullá donde está alguno,
adentro, afuera, arriba, abajo, adonde quiera. Por lugar preguntamos por este
adverbio 'por donde', como ¿por dónde vas?, y respondemos por estos adverbios:
por aquí por donde yo estoy, por ahí por donde tú estás, por allí o por acullá
por donde está alguno, por dentro, por fuera, por arriba, por abajo, por donde
quiera. En lugar preguntamos por este adverbio 'dónde', como ¿dónde estás?, y
respondemos por estos adverbios: aquí donde yo estoy, ahí donde tú estas, allí o
acullá donde alguno está, dentro, fuera, arriba, debajo, donde quier.
Los latinos, como dijimos en otro
lugar, pusieron la interjección por parte de la oración distinta de las otras;
pero nosotros, a imitación de los griegos, contámosla con los adverbios. Así que
será interjección una de las significaciones del adverbio, la cual significa
alguna pasión del ánima con voz indeterminada, como 'ai', del que se duele;
'hahaha', del que se rie; 'tat tat', del que vieda; y así de las otras
partecillas por las cuales demostramos alguna pasión del ánima.
Capítulo xvii. De la conjunción
Conjunción es una de las diez partes de la oración: la cual
aiunta et ordena alguna sentencia. como diziendo io et tú oímos o leemos. esta
partecilla. et. aiunta estos dos pronombres. io. tú. esso mesmo esta partezilla.
o. aiunta estos dos verbos. oímos. leemos. et llama se conjunción: porque aiunta
entre sí diversas partes de la oración. Los accidentes de la conjunción son dos.
figura et significación. Las figuras de la conjunción son dos assí como en el
nombre. Sencilla como que. ende. Compuesta como porque. porende. Las
significaciones de la conjunción son diversas. Unas para aiuntar palabras et
sentencias. como diziendo el maestro lee. et el dicípulo oie. esta conjunción.
et. aiunta estas dos cláusulas cuanto a las palabras et cuanto a las sentencias.
Otras son para aiuntar las palabras et desaiuntar las sentencias. como diziendo
el maestro o el dicípulo aprovechan. esta conjunción. o. aiunta estas dos
palabras maestro dicípulo: mas desaiunta la sentencia: porque el uno aprovecha
et el otro no. Otras son para dar causa como diziendo io te enseño porque sé.
porque. da causa delo que dixo en la primera cláusula. Otras son para concluir.
como diziendo después de muchas razones. porende vos otros bivid castamente.
Otras son para continuar como diziendo. io leo mientras tú oies. io leeré cuando
tú quisieres. tú lo harás como io lo quisiere. Estas conjunciones. mientras.
cuando. como. continúan las cláusulas de arriba con las de abaxo: et en esta
manera todas las conjunciones se pueden llamar continuativas.