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UNA corriente ideológica proclive a aceptar y
admirar a los hombres "fuertes" (eufemismo que esconde el
endiosamiento de sistemas dictatoriales) ha pretendido deformar
favorablemente la imagen del antiguo gobernador de Buenos Aires
Juan Manuel de Rosas. Pero la verdad basada en documentos
contemporáneos, producidos por él mismo, muestra una conducta
sumamente censurable, en importantes y variados aspectos de la
vida pública que le tocó dirigir. Quizá para procurar mayor
claridad convenga separar los temas, sin guardar una cronología
estricta, propia de otro tipo de trabajo.
Para comprender cabalmente a Rosas debe
considerárselo más porteño que argentino. Desconocedor del
interior del país (sólo visitó Santa Fe), vivió preocupado por
la situación del puerto de Buenos Aires, en torno al cual hizo
girar a todas las provincias de la Confederación, sometiéndolas
por completo a sus directivas. Lo expuesto quiere decir, desde
ya, que traicionó la doctrina federal que proclamaba sostener.
Pues es sabido que, pese a haber ratificado el Pacto Nacional de
1831, se negó tenazmente a reunir el Congreso Constituyente que
este acuerdo establecía en forma obligatoria, como medio para
hacer triunfar el sistema, y persiguió a muerte (no es una
imagen literaria) a cuantos exigieron el cumplimiento de dicho
postulado. Desde 1813, las Provincias del Río de la Plata
buscaban su Constitución, y todos los pactos celebrados a partir
del año 20 tendían a este logro. La mistificación producida por
una propaganda tenaz calificó de "unitarios" (y "salvajes") a
todos los que quisieron convertir la inorgánica Confederación en
un Estado de Derecho.
Los intereses de las provincias no le
importaron, como cuando declaró sin facultades una guerra contra
Bolivia (1837), tan sólo para obtener, mientras durase, el poder
de policía interno en la Argentina: el abandono del conflicto
provocó enormes perjuicios al Norte de nuestro país. Contrastó
tal actitud con la energía que Rosas imprimió a su conflicto con
Francia cuando ésta bloqueó a Buenos Aires (1838): en esta
ocasión, no obstante haberse originado la cuestión por causas
internas de la provincia -servicio militar y denegación de
justicia-, el mandatario porteño pretendió convertir el problema
en objetivo nacional (lo que contradijo Estanislao López); todo
lo que Rosas dejó de considerar dos años después, cuando
mediante el tratado Arana-Mackau (1840) concedió a Francia más
de lo que ésta reclamaba, a cambio de que cesara de equipar a
las tropas de Lavalle. Conviene acotar que once años atrás, el
mismo Rosas había solicitado la ayuda de la escuadra francesa
del almirante Venancurt para combatir a Lavalle (1829), haciendo
participar por primera vez en las luchas civiles a fuerzas
extranjeras.
Vinculado con ese desinterés por zonas
alejadas de Buenos Aires, donde residía el núcleo de su fuerza y
de sus propias actividades, el gobernador Rosas había intentado
en 1838 entregar a la soberanía británica las Islas Malvinas, a
cambio de la cancelación de un préstamo otorgado a Buenos Aires
por una banca inglesa particular. Nada afectó al dictador
porteño el reclamo basado en el honor nacional mancillado por la
usurpación violenta ejercida.
La persecución a muerte
Claro está que el régimen que encabezaba el
"Restaurador de las Leyes y Defensor Heroico del Continente
Americano" se sustentaba en la eliminación absoluta de cualquier
opinión contraria. Contaba en Buenos Aires con la suma del poder
público, que, aboliendo el sistema republicano de gobierno, lo
convertía en una autoridad sin límites. Y la ejerció duramente,
en todos los órdenes de la vida social, sin perdonar matices. Ni
la correspondencia particular escapaba a los lemas con que se
vivaba a los federales (¡sangriento sarcasmo!) y se proferían
mueras a los opositores, motejados de "unitarios".
Rosas se había arrogado la facultad de
"reconocer" o desconocer a los mandatarios de las provincias del
interior, lo que tornaba el sistema que encabezaba en un crudo
centralismo. Por otra parte, se deduce de este procedimiento que
todos los gobernadores que se levantaron en armas contra el
dictador porteño, desde el Norte hasta el Litoral, no
sustentaban el "unitarismo" (que en los hechos estaba en manos
de Rosas), sino que, como federales reconocidos como tales por
el propio Rosas, propugnaban el cumplimiento del Pacto de 1831.
Los resultados de la batalla de Caseros, que puso término al
régimen, mostraron elocuentemente que el objetivo de la guerra
civil era la reunión del Congreso Constituyente Federal.
Hasta que se consiguió este anhelo -de
cumplimiento obligatorio, es menester recalcarlo-, nunca como
hasta entonces los argentinos estuvieron más divididos, a
muerte. Es una falacia sostener, pues, que Rosas forjó la unidad
nacional. ¡Mal podía hacerlo, separando tajantemente a sus
compatriotas, con las más duras represalias para quienes
mantuvieron opiniones distintas de las suyas! Durante su época,
medio país combatió contra la otra mitad, a causa de su política
adversa a la supremacía de un orden constitucional, y cuando
triunfó finalmente, impuso el sometimiento, no la unión.
Su caída debió forzarse, pues, contra lo que
también se opina, el sistema rosista no estaba agotado tras
quince años, sino que se hallaba, en cambio, más fuerte que
nunca, habiendo vencido a enemigos internos y externos, y a
punto de ser consagrado, de manera irresponsable, jefe supremo
vitalicio de la Confederación. En los últimos tiempos de su
dominación (1848) tuvo lugar el arbitrario fusilamiento de
Camila O´Gorman y el sacerdote Gutiérrez, como para mostrar que
el ánimo del dictador no estaba aplacado.
El odio que signó aquella época tuvo su
manifestación más aguda, quizá, cuando modificó Rosas los
colores nacionales, estableciendo que el celeste -adoptado para
la escarapela por la Asamblea de 1813 y para la bandera por el
Congreso de 1816- debía ser sustituido por un azul negro, pues
dicho color celeste "había sido introducido por la maldad de los
unitarios".
Con esta denominación -conviene repetir-
comprendía el tirano a todos los disidentes. Veamos unas
muestras textuales de su pensamiento político: "Es preciso no
contentarse con hombres ni con servicios a medias, y consagrar
el principio de que está contra nosotros el que no está del todo
con nosotros". Ayuda a comprender su sentido este otro: "El
grito de Constitución y Nacionalización es el tizón con que los
unitarios se han propuesto incendiar la República, y es de
absoluta necesidad perseguir con toda firmeza esa turba de
malvados". Y también: "Que de esa raza de monstruos no quede uno
entre nosotros, y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa
que sirva de terror y espanto. No os arredre el temor de errar
en los medios que adoptemos". El implacable mandato se cumplió
al pie de la letra.
Final y balance
Tras Caseros llegó para Juan Manuel de Rosas
un largo destierro, durante el cual sufrió en carne propia lo
que él había hecho padecer a tantos. Pero no supo sobrellevarlo
con grandeza: solicitaba limosna a sus amigos y hasta se la
reclamaba a Urquiza, causante de su caída; mostraba desapego
para con su abnegada hija porque lo había "abandonado" para
casarse con su novio; servía de diversión a los nobles ingleses
con sus costumbres agauchadas, y al final, por testamento legó
su espada al mariscal Francisco Solano López después de
Curupaytí por su resistencia y nombró albacea de sus
disposiciones a lord Palmerston, el ministro que había ordenado
arrebatarnos las Malvinas.
La rápida mención de algunos de sus más
destacados rasgos de la vida pública de Rosas (entre los que se
omiten cabría añadir su deserción de las filas de Dorrego antes
del combate de Navarro y su fuga del campo de batalla de
Caseros, abandonando a sus tropas sin tomar ninguna providencia)
muestra a un figura que debería ser presentada a la posteridad
como un ejemplo que no merece su reconocimiento. Puesto que la
historia tiene un papel docente, moralizador, y debe extraerse
de ella al menos una enseñanza de moral pública. © La Nación
Isidoro J. Ruiz Moreno es miembro de las
academias nacionales de la Historia y de Ciencias Políticas.
Autor de La lucha por la Constitución. |