LA NACION LINE | Archivo | 8 de Noviembre de 1999 | Opinión | Nota
Con motivo de la inauguración del monumento a Juan Manuel de Rosas
La historia juzga
Por Isidoro J. Ruiz Moreno
Para La Nación

UNA corriente ideológica proclive a aceptar y admirar a los hombres "fuertes" (eufemismo que esconde el endiosamiento de sistemas dictatoriales) ha pretendido deformar favorablemente la imagen del antiguo gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas. Pero la verdad basada en documentos contemporáneos, producidos por él mismo, muestra una conducta sumamente censurable, en importantes y variados aspectos de la vida pública que le tocó dirigir. Quizá para procurar mayor claridad convenga separar los temas, sin guardar una cronología estricta, propia de otro tipo de trabajo.

Para comprender cabalmente a Rosas debe considerárselo más porteño que argentino. Desconocedor del interior del país (sólo visitó Santa Fe), vivió preocupado por la situación del puerto de Buenos Aires, en torno al cual hizo girar a todas las provincias de la Confederación, sometiéndolas por completo a sus directivas. Lo expuesto quiere decir, desde ya, que traicionó la doctrina federal que proclamaba sostener. Pues es sabido que, pese a haber ratificado el Pacto Nacional de 1831, se negó tenazmente a reunir el Congreso Constituyente que este acuerdo establecía en forma obligatoria, como medio para hacer triunfar el sistema, y persiguió a muerte (no es una imagen literaria) a cuantos exigieron el cumplimiento de dicho postulado. Desde 1813, las Provincias del Río de la Plata buscaban su Constitución, y todos los pactos celebrados a partir del año 20 tendían a este logro. La mistificación producida por una propaganda tenaz calificó de "unitarios" (y "salvajes") a todos los que quisieron convertir la inorgánica Confederación en un Estado de Derecho.

Los intereses de las provincias no le importaron, como cuando declaró sin facultades una guerra contra Bolivia (1837), tan sólo para obtener, mientras durase, el poder de policía interno en la Argentina: el abandono del conflicto provocó enormes perjuicios al Norte de nuestro país. Contrastó tal actitud con la energía que Rosas imprimió a su conflicto con Francia cuando ésta bloqueó a Buenos Aires (1838): en esta ocasión, no obstante haberse originado la cuestión por causas internas de la provincia -servicio militar y denegación de justicia-, el mandatario porteño pretendió convertir el problema en objetivo nacional (lo que contradijo Estanislao López); todo lo que Rosas dejó de considerar dos años después, cuando mediante el tratado Arana-Mackau (1840) concedió a Francia más de lo que ésta reclamaba, a cambio de que cesara de equipar a las tropas de Lavalle. Conviene acotar que once años atrás, el mismo Rosas había solicitado la ayuda de la escuadra francesa del almirante Venancurt para combatir a Lavalle (1829), haciendo participar por primera vez en las luchas civiles a fuerzas extranjeras.

Vinculado con ese desinterés por zonas alejadas de Buenos Aires, donde residía el núcleo de su fuerza y de sus propias actividades, el gobernador Rosas había intentado en 1838 entregar a la soberanía británica las Islas Malvinas, a cambio de la cancelación de un préstamo otorgado a Buenos Aires por una banca inglesa particular. Nada afectó al dictador porteño el reclamo basado en el honor nacional mancillado por la usurpación violenta ejercida.

La persecución a muerte

Claro está que el régimen que encabezaba el "Restaurador de las Leyes y Defensor Heroico del Continente Americano" se sustentaba en la eliminación absoluta de cualquier opinión contraria. Contaba en Buenos Aires con la suma del poder público, que, aboliendo el sistema republicano de gobierno, lo convertía en una autoridad sin límites. Y la ejerció duramente, en todos los órdenes de la vida social, sin perdonar matices. Ni la correspondencia particular escapaba a los lemas con que se vivaba a los federales (¡sangriento sarcasmo!) y se proferían mueras a los opositores, motejados de "unitarios".

Rosas se había arrogado la facultad de "reconocer" o desconocer a los mandatarios de las provincias del interior, lo que tornaba el sistema que encabezaba en un crudo centralismo. Por otra parte, se deduce de este procedimiento que todos los gobernadores que se levantaron en armas contra el dictador porteño, desde el Norte hasta el Litoral, no sustentaban el "unitarismo" (que en los hechos estaba en manos de Rosas), sino que, como federales reconocidos como tales por el propio Rosas, propugnaban el cumplimiento del Pacto de 1831. Los resultados de la batalla de Caseros, que puso término al régimen, mostraron elocuentemente que el objetivo de la guerra civil era la reunión del Congreso Constituyente Federal.

Hasta que se consiguió este anhelo -de cumplimiento obligatorio, es menester recalcarlo-, nunca como hasta entonces los argentinos estuvieron más divididos, a muerte. Es una falacia sostener, pues, que Rosas forjó la unidad nacional. ¡Mal podía hacerlo, separando tajantemente a sus compatriotas, con las más duras represalias para quienes mantuvieron opiniones distintas de las suyas! Durante su época, medio país combatió contra la otra mitad, a causa de su política adversa a la supremacía de un orden constitucional, y cuando triunfó finalmente, impuso el sometimiento, no la unión.

Su caída debió forzarse, pues, contra lo que también se opina, el sistema rosista no estaba agotado tras quince años, sino que se hallaba, en cambio, más fuerte que nunca, habiendo vencido a enemigos internos y externos, y a punto de ser consagrado, de manera irresponsable, jefe supremo vitalicio de la Confederación. En los últimos tiempos de su dominación (1848) tuvo lugar el arbitrario fusilamiento de Camila O´Gorman y el sacerdote Gutiérrez, como para mostrar que el ánimo del dictador no estaba aplacado.

El odio que signó aquella época tuvo su manifestación más aguda, quizá, cuando modificó Rosas los colores nacionales, estableciendo que el celeste -adoptado para la escarapela por la Asamblea de 1813 y para la bandera por el Congreso de 1816- debía ser sustituido por un azul negro, pues dicho color celeste "había sido introducido por la maldad de los unitarios".

Con esta denominación -conviene repetir- comprendía el tirano a todos los disidentes. Veamos unas muestras textuales de su pensamiento político: "Es preciso no contentarse con hombres ni con servicios a medias, y consagrar el principio de que está contra nosotros el que no está del todo con nosotros". Ayuda a comprender su sentido este otro: "El grito de Constitución y Nacionalización es el tizón con que los unitarios se han propuesto incendiar la República, y es de absoluta necesidad perseguir con toda firmeza esa turba de malvados". Y también: "Que de esa raza de monstruos no quede uno entre nosotros, y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sirva de terror y espanto. No os arredre el temor de errar en los medios que adoptemos". El implacable mandato se cumplió al pie de la letra.

Final y balance

Tras Caseros llegó para Juan Manuel de Rosas un largo destierro, durante el cual sufrió en carne propia lo que él había hecho padecer a tantos. Pero no supo sobrellevarlo con grandeza: solicitaba limosna a sus amigos y hasta se la reclamaba a Urquiza, causante de su caída; mostraba desapego para con su abnegada hija porque lo había "abandonado" para casarse con su novio; servía de diversión a los nobles ingleses con sus costumbres agauchadas, y al final, por testamento legó su espada al mariscal Francisco Solano López después de Curupaytí por su resistencia y nombró albacea de sus disposiciones a lord Palmerston, el ministro que había ordenado arrebatarnos las Malvinas.

La rápida mención de algunos de sus más destacados rasgos de la vida pública de Rosas (entre los que se omiten cabría añadir su deserción de las filas de Dorrego antes del combate de Navarro y su fuga del campo de batalla de Caseros, abandonando a sus tropas sin tomar ninguna providencia) muestra a un figura que debería ser presentada a la posteridad como un ejemplo que no merece su reconocimiento. Puesto que la historia tiene un papel docente, moralizador, y debe extraerse de ella al menos una enseñanza de moral pública. © La Nación

Isidoro J. Ruiz Moreno es miembro de las academias nacionales de la Historia y de Ciencias Políticas. Autor de La lucha por la Constitución.

http://www.lanacion.com.ar/99/11/08/o04.htm
LA NACION | 08.11.1999 | Página | Opinión
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