Historia Argentina- © Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

              

VII- JUAN MANUEL DE ROSAS La historia juzga por Isidoro J. Ruiz Moreno - http://www.lanacion.com.ar/Archivo/Nota.asp?nota_id=160438

                    

Ruiz Moreno:

 

La rápida mención de algunos de sus más destacados rasgos de la vida pública de Rosas (entre los que se omiten cabría añadir su deserción de las filas de Dorrego antes del combate de Navarro y su fuga del campo de batalla de Caseros, abandonando a sus tropas sin tomar ninguna providencia) muestra a un figura que debería ser presentada a la posteridad como un ejemplo que no merece su reconocimiento.

 

Convengamos en que todo lo expuesto por el Sr. Ruiz Moreno no es nada más que su simple opinión, y para eso podría el Sr. Académico llamar en su amparo aun a la Constitución Nacional que le asegura, cuando está en vigencia, como ahora, la libertad de expresión. Por lo demás, no aporta una sola prueba. Su único aval es ser miembro de academias nacionales, que poco o nada quiere decir, como hemos visto.

 

En cuanto a Navarro, demos aquí por primera vez la palabra a don Juan Manuel de Rosas para que salga en su defensa y nos relate el suceso según lo vivió él. No sabríamos si dijo la verdad, pero expuso, como ahora el Sr. Ruiz Moreno, su punto de vista. Consideremos también su opinión, simplemente por aquello de audiatur et altera pars, máxima que acaso conozca el Sr. Académico: 

«No hubo tal batalla en Navarro. La tarde antes, supimos que tropas de línea, que habían llegado a la Ciudad, al mando del Señor General Lavalle, y que fueron amotinadas por los autores de la revolución, venían contra los paisanos que sin armas, y en el desorden que era consiguiente se me habían, y seguían reuniendo. Había llegado también S.E. el Señor Gobernador Dorrego, Jefe Supremo del Estado, y puéstose a la cabeza de todos. Inmediatamente al ponerse con esos grupos a sus órdenes, y de pedirme opinión, le dije consideraba de absoluta necesidad para el completo triunfo, que en ese momento sin pérdida alguna de tiempo S.E. me ordenara dirigirme con los paisanos del Sud, al Sud, y con ellos, y los indios, formar ya al siguiente día un cuerpo de ejército que aumentaría más y más de día en día, tanto en número como en organización.

 

Que S.E. tomaría también en el momento los grupos del Norte, y Centro, y se dirigiría también esa misma noche al Norte. Que esos grupos aumentarían más y más, de día en día, tanto en número como en organización. Si el General enemigo seguía a S.E., yo le llamaría la atención por retaguardia, o iría a la Ciudad para obligarlo a volver sobre las fuerzas de mi mando. Si me seguía, S.E. le llamaría la atención por retaguardia para obligarlo a volver cerca de la ciudad. Ni S.E., ni yo debíamos admitir una batalla, en la seguridad de que a lo largo, las tropas de línea de que se componía puramente las fuerzas enemigas, quedarían reducidas a nada. Y que ya había empezado la deserción, como lo vería S.E. pues que acababan de llegar uno de los ordenanzas del Coronel Rauch con el mejor caballo de éste, y unos cuantos soldados, que minutos antes había yo enviado a recibir órdenes de S.E.

 

S.E. el Señor Gobernador aprobó inmediatamente mis opiniones, y me dio sus órdenes de conformidad delante de dos Jefes de crédito y respeto. Pero me obligó a que lo acompañase esa noche hasta Navarro, para de allí irme al Sud, y él al Norte. Hube que obedecer. Esa marcha con sólo grupos de hombres sin organización fue un desorden. No pude encontrar esa noche a S.E. cerca de Navarro para despedirme, y decirle no debíamos parar, porque si el enemigo había trasnochado como nosotros, nos atacaría sin darnos tiempo para retirarnos en orden. Al amanecer recibí aviso de avistarse gente que parecía enemiga, en dirección de Cañuelas.

Para nada más tuve tiempo que para mandar a decir a S.E. con varios chasques repetidos a cada dos minutos, que el enemigo me parecía estar muy cerca y que no perdiera tiempo en retirarse, pues que yo ya empezaría a hacer lo mismo así que no tuviera duda ser la fuerza enemiga la que se había indicado, y que personalmente iba yo en camino a reconocerla.

 

S.E. me mandó a decir con enviados repetidos, sin interrupción, no me fuera, pues, que la fuerza la había ya formado para cargar al enemigo así que me acercara; que esto le aconsejaba los varios avisos seguros que esa noche había recibido, y las declaraciones de los diferentes pasados, también esa noche, todos acordes asegurando, que las tropas enemigas iban a pasarse todas así que se acercasen las nuestras. Con profunda pena recibí estas repetidas órdenes. Ni tiempo tuve para formar y cargar de flanco con algunos indios de lanza, que era lo único que había con armas. El enemigo siguió, y los grupos mal formados por S.E. dispararon antes de ser cargados. Yo sabiendo que S.E. se había dirigido en fuga al Norte, ordené a los Indios, y paisanos que tenía conmigo en el reconocimiento, se fueran al Sud del Salado, y que allí esperasen mis órdenes que les había de dirigir desde Santa Fe, por el desierto, frecuentemente. No salí pues con S.E. el Señor Gobernador, ni me acerqué a los Húsares, cuerpo de línea que sirvió para su prisión.

 

Fui directamente a Santa Fe, a donde pensaba se habría dirigido S.E. el Señor gobernador, y en caso por muerte o prisión, recibir órdenes de la Convención Nacional en Santa Fe, o ponerme a las órdenes de S.E. el Señor General López Gobernador de esa Provincia, a quien no dudaba se nombraría por la Convención General en Jefe del Ejército que debiera operar contra el amotinado. Y así conociendo inmediatamente las resoluciones de la Convención, reglar, con suficiente luz, mis procederes ulteriores. Pero S.E. el Señor Gobernador Dorrego, fue preso, y fusilado en Navarro.» Carta de Juan Manuel de Rosas a Josefa Gómez, 22 de septiembre de 1869

Hasta aquí Rosas relatando el suceso después de cuarenta años. La noche del 10 de diciembre de 1828 Dorrego, quien a pesar de haber desoído a Rosas había logrado huir, encuentra en el puesto del Clavo un batallón de húsares al mando del comandante Escribano y del mayor Acha, quienes se habían arreglado con Lavalle; los cree leales, se presenta a ellos y lo toman prisionero. El 13, Lavalle lo manda fusilar.

 

Dice el Sr. Ruiz Moreno, por último:

Puesto que la historia tiene un papel docente, moralizador, y debe extraerse de ella al menos una enseñanza de moral pública.

Concordamos con él, sólo que parecieran existir dos historias. Respecto de la fantástica metempsicosis que se habría logrado con Caseros dice Busaniche: 

«La historia misma nos enseña que estas mutaciones teatrales no se dan en ningún proceso social; que entre la historia escrita por los vencedores como apología del hecho consumado y la que pueda elaborarse y reconstruirse honradamente con testimonios del pasado, existe diferencia fundamental, por lo pronto la que media entre la realidad y la ficción. Y es el caso que la historiografía dominante se ha valido de artificios (mayormente de ocultación) para dar apariencia de lógica y natural metamorfosis a lo que no fue sino transición dura y desgarrante en la que no salió muy bien parada la soberanía de la Nación.» José Luis Busaniche, Historia Argentina, XXIII, 635

Enrique C. Picotto

Sindelfingen, Alemania, 22 de noviembre de 1999

 

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