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Veamos: El cónsul
Mendeville había pedido sus pasaportes al negársele la libertad de
los vascos franceses llamados a las milicias, y el gobierno se los
entregó. Mendeville pidió apoyo a la escuadra francesa del vizconde de
Venancourt, quien se apodero el 21 de mayo de 1829 de dos buques en
Los Pozos, el pontón Cacique y la fragata Rondeau, en
los que se encontraban confinados por los insurrectos de diciembre
Balcarce, los Anchorena, Arana, Maza, García Zúñiga, Aguirre, Whrigt y
otros que no pudieron huir después de la revolución que a las órdenes de
Lavalle había fusilado a Dorrego.
Venancourt dejó en
libertad a los prisioneros y exigió, para devolver los barcos, eximir a
los vascos franceses de servir las armas. Rosas, como representante de la
Convención Nacional Soberana, indica a Venancourt que los buques
pertenecían a la Nación y habían caído en poder de los insurrectos de la
revolución del 1° de diciembre. Que no los devolviera al gobierno ilegal
de Lavalle, debiendo «guardarlos cerca y en seguridad»,
hasta tanto concluyera la guerra civil; que igual medida hiciera valer con
los barcos «piratas» que surcaban el Paraná. Le ofreció una
entrevista para explicarle la situación de los revolucionarios. El francés
se arregló con los unitarios, quienes le entregaron los barcos el 25 de
mayo (!).
Valentín Alsina
resucitó veinte años más tarde la nota de Rosas en El Comercio del
Plata tomándola de debates del parlamento francés de 1850,
queriendo demostrar que Rosas en 1829 no había mostrado interés por
defender la soberanía. Dice José María Rosa respecto de este juicio,
que es el del Sr. Isidoro Ruiz Moreno:
«No es valedero: la
situación de 1829 no es igual a la de 1838 (en 1829 el cónsul Mendeville
no reclamaba contra la ley de milicias sino contra su aplicación a una
guerra civil, en 1838 el vicecónsul Roger exigió terminante y
perentoriamente la derogación de la ley de milicias aunque no se había
convocado a nadie; en 1829 la escuadra francesa obró contra
revolucionarios, en 1838 contra el gobierno de la Confederación; en 1829
los unitarios ceden, en 1838 Rosas no cede y se traba el conflicto). La
actitud de Rosas, como delegado del gobierno soberano, era la que
correspondía: decir al jefe extranjero que los buques pertenecían a la
nación y no debían devolverse a los revolucionarios ni llevarse lejos,
sino a las autoridades nacionales, o "guardarlos cerca y en seguridad" a
las resultas de la guerra.» José María Rosa,
Historia Argentina, IV, 112
Vemos que el Sr. Académico
no ha pasado de Valentín Alsina en 1850. Sobre Malvinas dice:
Vinculado con ese desinterés por zonas alejadas de
Buenos Aires, donde residía el núcleo de su fuerza y de sus propias
actividades, el gobernador Rosas había intentado en 1838 entregar a la
soberanía británica las Islas Malvinas, a cambio de la cancelación de un
préstamo otorgado a Buenos Aires por una banca inglesa particular. Nada
afectó al dictador porteño el reclamo basado en el honor nacional
mancillado por la usurpación violenta ejercida.
Tampoco hay aquí
rastros de documentación, como en toda la exposición del Sr.
Académico. Antes de ver qué dicen los documentos indiquemos de paso que la
deuda con
Baring
Brothers la había
contraído don Bernardino Rivadavia, «el más grande hombre
civil de la tierra de los argentinos» (B. Mitre, 20 de mayo de
1886 – Mitre, Arengas selectas, Colección Grandes Escritores
Argentinos). |
Respecto de Rosas y las
Malvinas dice José Luis Muñoz Azpiri:
«El Archivo General de
la Nación conserva dos oficios confidenciales y dos borradores, a los
cuales difícilmente podría dotarse de la jerarquía de documentos, donde
se habla de una "indemnización" y "transacción pecuniaria" respecto de
las islas. Interpretamos que el término "indemnización" deberá volver a
enunciarse, en su mejor sentido, con motivo de la transferencia de
soberanía malvinense a la Argentina. En el mensaje de 1842 a la
Legislatura, Rosas expresa: "El gobierno espera una solución
equitativa y honorable que terminará amistosamente la cuestión",
anhelo que es común a los argentinos de 1966, a comenzar por las
autoridades nacionales y el servicio diplomático. Alfredo L. Palacios
observa, no obstante, en dichas palabras, una intención equívoca,
preludio del afán de "comerciar con la dignidad nacional" que
alentaría el autor. Esta negociación o este proyecto de trámite deberán
ser sometidos a un severo examen histórico y diplomático, antes de
continuarse reproduciendo libremente los textos inconexos relacionados
con él. Delante y detrás de dichos papeles se yerguen la guerra
triunfante y la paz victoriosa de Obligado, que obran como respuesta
decisiva a tales interrogantes. Nadie borra con tinta lo que ha
sabido escribir con sangre.
El primer principio
metodológico en los seminarios universitarios de historia consiste en
aceptar que ningún documento dice más de lo que expresa; por el
contrario, la norma hermenéutica prescribe dotar de veracidad únicamente
al significado más restringido de un texto. Todos los alegatos
argentinos en pro de las islas, desde el de Manuel Moreno a los de Ruda
y Carril, advierten que jamás invocó Inglaterra títulos de dominio sobre
la isla Soledad, y sí sólo sobre la peña de Sounders, lo cual podría
inducir a suponer que se ha tratado de "traficar" con la suerte de dicho
islote o con la entera Gran Malvina. O acaso, que fue una fortuna para
los intereses nacionales que Onslow violase las instrucciones recibidas
atacando y ocupando la isla de Soledad, porque de haber "reasumido los
derechos ingleses", tan sólo en Puerto Egmont, careceríamos de
razonamiento hoy día para pretender el desalojo británico de dicho
lugar. En tal modo, la "Clío" y no la "Sarandí" debería navegar a través
del escudo argentino de las Malvinas... De más está decir que dicho
punto censurable de nuestros memoriales y reclamaciones deja de ser
considerado tal cuando se medita en que no pasan de ser pruebas de
esgrima forense. Así, la "negociación" con los Baring.
Un digno y autorizado
jurista, que no milita en las filas del revisionismo histórico, Raúl
de Bougle, ha escrito en estos días (La cuestión Malvinas en las
Naciones Unidas, Buenos Aires, 1965):
"No corresponde
mencionar la pretendida cancelación por Rozas del crédito de 'Baring
Brothers' mediante la cesión de las Malvinas porque ello no está probado
fehacientemente".» José Luis Muñoz Aspiri, Historia
completa de las Malvinas, 1966, II, 171-172
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