Historia Argentina- © Enrique C. Picotto - D 71067 Sindelfingen, Alemania  - Mail to Enrique C. Picotto 14.11.03

     

III- JUAN MANUEL DE ROSAS La historia juzga por Isidoro J. Ruiz Moreno - http://www.lanacion.com.ar/Archivo/Nota.asp?nota_id=160438

           

Continúa el Sr. Ruiz Moreno:

 

... en esta ocasión, no obstante haberse originado la cuestión por causas internas de la provincia – servicio militar y denegación de justicia –, el mandatario porteño pretendió convertir el problema en objetivo nacional (lo que contradijo Estanislao López)

 

Qué fácil parece ser todo para nuestra Academia Nacional de la Historia... Veamos este punto: Manuel Moreno desde Londres había advertido ya el 6 de noviembre de 1833 «[...] que había una trampa que se urdía en París por americanos...»

 

Louis-Mathieu Molé – primer ministro francés bajo Louis-Philippe, el rey de las barricadas, nada propenso a la democracia – quien afirmó el poderío francés en Argelia, ordenó al vicecónsul francés en Buenos Aires, Aimé Roger (que no tenía jerarquía diplomática) el 7 de julio de 1837 presentar algunas reclamaciones para «cuidar la dignidad y los intereses», y si hubieran dificultades «se dirigiese al comandante de la estación de servicio en Río de Janeiro, contraalmirante Leblanc, para pedir una fuerza naval frente a Buenos Aires». Le anunciaba, asimismo, que el ministerio de Marina y Colonias había dado las mismas órdenes al contraalmirante (el 6 de julio, un día antes de las enviadas a Roger), que «apoyase coercitivamente» al vicecónsul en sus reclamaciones.

 

El 30 de noviembre Leblanc había mandado fondear la corbeta Sapho y el bergantín D'Assas en la rada y ese mismo día Roger presenta una increíble nota que comprendía una serie de reclamaciones: libertar al litógrafo Bacle (suizo), acusado por delitos contra la seguridad del Estado; al cantinero Lavié, acusado por robo; destituir al coronel Ramírez, por haber apresado a Lavié; dar de alta a dos franceses, Larré y Pons, quienes cumplían servicio de milicia pasiva en Luján (cuidaban a Paz). Pero se exigía que en adelante se otorgase a Francia el trato de nación más favorecida, al igual que Inglaterra, sin que mediara en absoluto ningún tratado que lo dispusiera, algo inconcebible.

 

Francia aprovechaba la difícil situación de la Confederación por la guerra con Santa Cruz (a quien abiertamente apoyaba) y la amenaza de la insurrección unitaria. Pero para el Sr. Académico, la exigencia de Francia no pasa de ser una nimiedad, recordemos: «...en esta ocasión, no obstante haberse originado la cuestión por causas internas de la provincia – servicio militar y denegación de justicia –, el mandatario porteño pretendió convertir el problema en objetivo nacional...».

 

No podemos hacer menos que recordar en qué concepto tenía Arturo Jauretche a nuestras academias: «La calidad de Académico da la más alta jerarquía al figurón», y relata esta anécdota, publicada en la revista «Confirmado», número 77, del 03.12.66:

 

«El repórter supone que una Academia de la Historia debe estar constituida por historiadores del más alto nivel. Por eso mismo pregunta cómo forman parte de la academia Arturo Capdevila, que es poeta pero no historiador, y Monseñor Caggiano. El académico Fitte contesta: Capdevila es autor de unos romances que se refieren a la Patria y a temas históricos en general. Además escribió cosas (sic) sobre el Padre Castañeda. En cuanto al Cardenal Caggiano, creo que nos honra siendo académico.

 

El académico Fitte no hace más que ratificar lo que he venido diciendo: el personaje sirve lo mismo para un barrido que para un fregado, siempre que trabaje de cipayo barriendo para adentro. Es académico porque es personaje y personaje porque es académico. Que sepa la técnica de la academia, en este caso la historia, es inimportante; basta con un poema patriótico y «alguna cosa sobre el Padre Castañeda». Del mismo modo, no importa que Monseñor Caggiano no sea historiador; lo que importa es que la academia sea prestigiosa porque siendo prestigiosa la academia, son prestigiosos los académicos, y siendo prestigiosos los académicos, es prestigioso lo que dicen.» Arturo Jauretche, Los profetas del odio, 269/270

¿Valdrá la pena seguir...? Continúa el Sr. Académico:

 

... todo lo que Rosas dejó de considerar dos años después, cuando mediante el tratado Arana-Mackau (1840) concedió a Francia más de lo que ésta reclamaba, a cambio de que cesara de equipar a las tropas de Lavalle.

 

Pareciera que el Sr. Ruiz Moreno hubiese dejado de investigar hace más de medio siglo y sustentara aún los juicios de Mariano Pelliza. Sería tedioso aquí enumerar todo lo obtenido por la Confederación en el tratado Arana - Mackau, pero citemos a uno de los más conspicuos unitarios, Florencio Varela, quien hizo pública su indignación por el triunfo argentino, poniéndose de parte de los franceses. En su estudio sobre la convención Mackau dice: 

«Bochornoso es comparar el ultimátum de la Francia del 23 de septiembre de 1838, cuando Rosas era omnipotente, cuando Oribe mandaba, por él y para él, en el Estado Oriental, cuando ninguna provincia ni ciudadano argentino amenazaba su poder, con lo que se ha conseguido en un tratado en octubre de 1840 teniendo en contra sí ocho provincias argentinas y el Estado Oriental, todos en armas...»

Luego de enumerar largamente todo lo que no obtuvo Francia, concluye: 

«En una palabra, lo único que se ha conseguido es el reconocimiento de un principio que no hay que registrar en un tratado, porque el que perjudica a otro le debe indemnización.»

Observemos su formulación, considerándose uno de los beneficiarios: «lo único que se ha conseguido». Vemos que, según los propios unitarios, Francia no consiguió nada. Supongo que el Sr. Académico debería leer a Florencio Varela.

 

Prosigamos con Ruiz Moreno:

 

Conviene acotar que once años atrás, el mismo Rosas había solicitado la ayuda de la escuadra francesa del almirante Venancurt para combatir a Lavalle (1829), haciendo participar por primera vez en las luchas civiles a fuerzas extranjeras.

 

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